Exhorto prohibido...con su permiso.
Cuando era chamo mis papás me obligaron, porque a eso nos sometían a los de mi generación, a comer repollos rellenos de carne y arroz o espinaca con papas al vapor y huevo frito. ¡Guacala! Si quieres dejar de leer, hazlo aquí y ve a cenar. Si te atreves a seguir,…dale, dale, dale….en el punto final te espero.
Lo arrecho era que a mis dos hermanos les encantaba la vaina esa y por consiguiente yo era el outsider, el malcriado, el militante de la resistencia que no seguía la regla. Además los carajos se comían de a cinco y seis unidades. Yo ni con salsa de tomate. Eso quizá fue el cimiento para una historia que les cuento en un rato. Por fracciones me tocaba engullirme tres de esas cosas al menos una vez cada 15 a 20 días. En una oportunidad pasé, lo juro, 3 horas y media para tragar un plato de aquella cosa verde que comía Popeye. En mi casa la servían con un huevo frito y papas. Eso era lo que comían como un lujo (una vez cada dos meses) lo alemanes de finales de la guerra y durante la posguerra, cuando los miserables comunistas abordaron la fábrica de mi abuelo y le quitaron todo; y tenía que recolectar semillas de cereza para hacer sopitas calientitas como desayuno. Él, mi abuelo, voló (salio esmachetado en barco) a Venezuela. Yo nací aquí y mi papá, cuando chamo, comió plátanos del sur del lago y otras vainas menos jodidas que la espinaca esa y los repollos de mierda. Además, siempre sacó 20 en matemáticas y ciencias. Al final pienso que los repollos y la espinaca eran para una tarea posterior, para fortificar el alma.
Recuerdo que mi papá me enseño a querer a la Vinotinto. Mi mamá, quizá más preocupada por otras cosas de importancia y útiles a la vida, me enseñaba con las tareas, en el jardín, a hacer compañeros o amigas en la escuela y a vestirme siempre bien; a no sacarme los mocos y a entender que uno debía oler a gente y no a huerto de cebollas o coliflor como imagino olían muchos alemanes que andaban con mi papá cuando era niño. Pero, total, era la guerra… ahí no importaba a lo que olieses. Como fuese el asunto, pese a la emboscada alimenticia que a veces era completada con higado encebollado, yo si salí convencido de algo en mi niñez: Hay que irle a la Vinotinto.
Comía mi almuerzo y no me quejaba, incluso me llegó a gustar el higado y la espinaquita esa. Los repollos, ni de broma. Mi papá, empecinado en joderme, me dijo que Venezuela era mi país. Claro, “si aquí nací”, le decía yo, pero él seguro de que me asaltaría la duda, me dijo, “no, de verdad, este es tu país, no hay otro”, y remataba diciendo, “ésta (ahí fue cuando me jodió por completo) es tu selección de fútbol y no hay otra”. A ratos, cuando me dicen catire o gringo, entiendo a qué se refería mi papá cuando me achacaba que éste era mi país, porque es fácil tratar de renunciar a esto cuando todo el mundo te ve como una caraota blanca. Pero sigo en mi país. Incluso me atrevo a decir que mi papá se anticipó al concepto de “pastelerismo” y me protegió contra este, aunque yo no lo entiendo ni lo se explicar cabalmente. ¿Pregúntenme a quién le voy si Alemania recibe a mi gloriosa Vinotinto?
¿Podía ser de otra forma? Pues por más que analizo, mi respuesta es NO. Mi papá era alemán, era así, yo nací aquí, este es mi país, lo debo defender a capa y espada y como añadidura, esta es mi selección. “Alemania que se joda, excepto cuando juegue contra Italia, pues debe fulminarla, pero tu eres de Venezuela, aunque mal pague’. ‘Eso sí’ –remataba con el gran corazón que siempre lo ha caracterizado y que mamá ayudo a perfeccionar– ‘si Alemania le gana a Italia acuérdate del tío Mario (Vignalli es su apellido) que te quiere mucho y no le eches vaina, nunca te burles del que pierde, eso es de gente poco noble, sin corazón, sin respeto, sin clase. Gente que no sabe de que está hecha la fibra de un pueblo”. Claro, era poco de lo que me enteraba yo de las goleadas y no tenía nadie con quién hablar de las derrotas en el Colegio; mucho menos la oportunidad de burlarme de alguien derrotado cuando cargaba todas las derrotas posibles en mi mochila verde o la otra kaki que era burda de fina ¿A quién le gusta hablar de derrotas?
La ví caer muchas veces ¡Como he llorado yo por esos carajos que andaban solos por la vida! Vi goleadas, aplastadas, pateadas y sin embargo no sucumbí. Si no quería a mi país o no apoyaba a la selección tenía que comerme la mierda de espinacas esa, pensaba yo. “Coño, mejor le voy a Venezuela,” que mi papá mentaba como Vinotinto, “pues no me calo comerme mas de eso”. Pero las goleadas me las comí.
¿El perro de Pavlov? Me dijo una vez una amiga. Espinaca+selección= que no me jodan. Bueno, el cuento no era tan así. El caso es que uno en la vida debe asumir las cosas y eso es algo que nos ha costado a los venezolanos, pero yo siempre pensé que irle a la Vinotinto era como comer espinacas o los repollos de mierda esos, nadie más lo hacía.
Los años de la pubertad y la juventud fueron una expedición a lo increíble. Concretar cinco o seis amigos para hacer una barra era un reto, pero de eso están hechas las resistencias contra lo que domina. Unos pocos resisten hasta el final, y esa es una premisa que me han vendido toda la vida …ellos triunfan. Así supe de que estaba hecha la amistad también. Una vez en un juego Venezuela-Bonaire, un grupito de chamitos entre los cuales brincaba yo, estábamos tratando de hacer que la gente cantara a favor de la selección de Venezuela en el Brígido Iriarte. Era un amistoso y le ganaban 5-1 a los de la isla. “Griten, griten”, decíamos mi hermano, mi pana Emilio y yo… el portugués que estaba al lado, se inclinó y me dijo con amabilidad “grita Madeira pa’ que veas como todos brincan”.
Con el correr de los años las cosas, por fortuna, han ido cambiando. Hoy mi hijo está a mi lado, con su franela Vinotinto, apoyando a la selección de su papá porque él nació en otro país, pero no por ello es “pastelero”. Él viste su vinotinto con el mismo amor que yo la hubiese vestido en los ‘70 ‘80 o ’90, si hubiese conseguido una, o si no se hubiesen empeñado por varios años en cambiarla de color.
Venezuela, esa Vinotinto, representa muchas cosas y los venezolanos deben entenderlo así. No es una moda, no un panfleto político, o un antojo circunstancial, mucho menos un capricho de un deporte que es la máxima representación de la Diosa fortuna. Apoyar a tu selección tampoco es una cuestión de obligación, como quizá me lo hizo sentir mi padre, quién en el fondo sabía que parte del camino lo iba a recorrer solo y que no seria fácil hacerlo, por eso me blindó para el recorrido.
Hoy ese caminar está a medio andar; Santiago todavía está lejos, me digo. Lo bueno es que ya no me duele la cabeza de la arrechera; me duele de la emoción.
Este exhorto, prohibido para un periodista no es otra cosa que una confesión y un llamado para que tú, venezolano que estás ahí afuera, que tienes mas lustros que mi familia viviendo en esta tierra, te armes de valor y aprendas a querer a tu Vinotinto; no por obligación, sino con el más puro amor que se puede esperar de un hijo nacido en esta todavía, y por siempre, maravillosa tierra.
Lo arrecho era que a mis dos hermanos les encantaba la vaina esa y por consiguiente yo era el outsider, el malcriado, el militante de la resistencia que no seguía la regla. Además los carajos se comían de a cinco y seis unidades. Yo ni con salsa de tomate. Eso quizá fue el cimiento para una historia que les cuento en un rato. Por fracciones me tocaba engullirme tres de esas cosas al menos una vez cada 15 a 20 días. En una oportunidad pasé, lo juro, 3 horas y media para tragar un plato de aquella cosa verde que comía Popeye. En mi casa la servían con un huevo frito y papas. Eso era lo que comían como un lujo (una vez cada dos meses) lo alemanes de finales de la guerra y durante la posguerra, cuando los miserables comunistas abordaron la fábrica de mi abuelo y le quitaron todo; y tenía que recolectar semillas de cereza para hacer sopitas calientitas como desayuno. Él, mi abuelo, voló (salio esmachetado en barco) a Venezuela. Yo nací aquí y mi papá, cuando chamo, comió plátanos del sur del lago y otras vainas menos jodidas que la espinaca esa y los repollos de mierda. Además, siempre sacó 20 en matemáticas y ciencias. Al final pienso que los repollos y la espinaca eran para una tarea posterior, para fortificar el alma.
Recuerdo que mi papá me enseño a querer a la Vinotinto. Mi mamá, quizá más preocupada por otras cosas de importancia y útiles a la vida, me enseñaba con las tareas, en el jardín, a hacer compañeros o amigas en la escuela y a vestirme siempre bien; a no sacarme los mocos y a entender que uno debía oler a gente y no a huerto de cebollas o coliflor como imagino olían muchos alemanes que andaban con mi papá cuando era niño. Pero, total, era la guerra… ahí no importaba a lo que olieses. Como fuese el asunto, pese a la emboscada alimenticia que a veces era completada con higado encebollado, yo si salí convencido de algo en mi niñez: Hay que irle a la Vinotinto.
Comía mi almuerzo y no me quejaba, incluso me llegó a gustar el higado y la espinaquita esa. Los repollos, ni de broma. Mi papá, empecinado en joderme, me dijo que Venezuela era mi país. Claro, “si aquí nací”, le decía yo, pero él seguro de que me asaltaría la duda, me dijo, “no, de verdad, este es tu país, no hay otro”, y remataba diciendo, “ésta (ahí fue cuando me jodió por completo) es tu selección de fútbol y no hay otra”. A ratos, cuando me dicen catire o gringo, entiendo a qué se refería mi papá cuando me achacaba que éste era mi país, porque es fácil tratar de renunciar a esto cuando todo el mundo te ve como una caraota blanca. Pero sigo en mi país. Incluso me atrevo a decir que mi papá se anticipó al concepto de “pastelerismo” y me protegió contra este, aunque yo no lo entiendo ni lo se explicar cabalmente. ¿Pregúntenme a quién le voy si Alemania recibe a mi gloriosa Vinotinto?
¿Podía ser de otra forma? Pues por más que analizo, mi respuesta es NO. Mi papá era alemán, era así, yo nací aquí, este es mi país, lo debo defender a capa y espada y como añadidura, esta es mi selección. “Alemania que se joda, excepto cuando juegue contra Italia, pues debe fulminarla, pero tu eres de Venezuela, aunque mal pague’. ‘Eso sí’ –remataba con el gran corazón que siempre lo ha caracterizado y que mamá ayudo a perfeccionar– ‘si Alemania le gana a Italia acuérdate del tío Mario (Vignalli es su apellido) que te quiere mucho y no le eches vaina, nunca te burles del que pierde, eso es de gente poco noble, sin corazón, sin respeto, sin clase. Gente que no sabe de que está hecha la fibra de un pueblo”. Claro, era poco de lo que me enteraba yo de las goleadas y no tenía nadie con quién hablar de las derrotas en el Colegio; mucho menos la oportunidad de burlarme de alguien derrotado cuando cargaba todas las derrotas posibles en mi mochila verde o la otra kaki que era burda de fina ¿A quién le gusta hablar de derrotas?
La ví caer muchas veces ¡Como he llorado yo por esos carajos que andaban solos por la vida! Vi goleadas, aplastadas, pateadas y sin embargo no sucumbí. Si no quería a mi país o no apoyaba a la selección tenía que comerme la mierda de espinacas esa, pensaba yo. “Coño, mejor le voy a Venezuela,” que mi papá mentaba como Vinotinto, “pues no me calo comerme mas de eso”. Pero las goleadas me las comí.
¿El perro de Pavlov? Me dijo una vez una amiga. Espinaca+selección= que no me jodan. Bueno, el cuento no era tan así. El caso es que uno en la vida debe asumir las cosas y eso es algo que nos ha costado a los venezolanos, pero yo siempre pensé que irle a la Vinotinto era como comer espinacas o los repollos de mierda esos, nadie más lo hacía.
Los años de la pubertad y la juventud fueron una expedición a lo increíble. Concretar cinco o seis amigos para hacer una barra era un reto, pero de eso están hechas las resistencias contra lo que domina. Unos pocos resisten hasta el final, y esa es una premisa que me han vendido toda la vida …ellos triunfan. Así supe de que estaba hecha la amistad también. Una vez en un juego Venezuela-Bonaire, un grupito de chamitos entre los cuales brincaba yo, estábamos tratando de hacer que la gente cantara a favor de la selección de Venezuela en el Brígido Iriarte. Era un amistoso y le ganaban 5-1 a los de la isla. “Griten, griten”, decíamos mi hermano, mi pana Emilio y yo… el portugués que estaba al lado, se inclinó y me dijo con amabilidad “grita Madeira pa’ que veas como todos brincan”.
Con el correr de los años las cosas, por fortuna, han ido cambiando. Hoy mi hijo está a mi lado, con su franela Vinotinto, apoyando a la selección de su papá porque él nació en otro país, pero no por ello es “pastelero”. Él viste su vinotinto con el mismo amor que yo la hubiese vestido en los ‘70 ‘80 o ’90, si hubiese conseguido una, o si no se hubiesen empeñado por varios años en cambiarla de color.
Venezuela, esa Vinotinto, representa muchas cosas y los venezolanos deben entenderlo así. No es una moda, no un panfleto político, o un antojo circunstancial, mucho menos un capricho de un deporte que es la máxima representación de la Diosa fortuna. Apoyar a tu selección tampoco es una cuestión de obligación, como quizá me lo hizo sentir mi padre, quién en el fondo sabía que parte del camino lo iba a recorrer solo y que no seria fácil hacerlo, por eso me blindó para el recorrido.
Hoy ese caminar está a medio andar; Santiago todavía está lejos, me digo. Lo bueno es que ya no me duele la cabeza de la arrechera; me duele de la emoción.
Este exhorto, prohibido para un periodista no es otra cosa que una confesión y un llamado para que tú, venezolano que estás ahí afuera, que tienes mas lustros que mi familia viviendo en esta tierra, te armes de valor y aprendas a querer a tu Vinotinto; no por obligación, sino con el más puro amor que se puede esperar de un hijo nacido en esta todavía, y por siempre, maravillosa tierra.
Alojado en FatCow Todos los derechos reservados. Una producción de Hans Graf