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De héroe a villano en 2.5 segundos

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FOTO CORTESIA FUTBOL.COM.VE




Por Hans Graf @hansgrafbogran @lavinotinto

La memoria colectiva es tan frágil, como implacable el juicio por actos presentes, que cualquiera pasa, de la noche a la mañana, de héroe a villano. Como si el rastro de gestas pasadas no es suficiente para perdonar una mala noche o una falla puntual, los seguidores del fútbol descargan sus mas agresivas voces sobre el jugador que dejó a su equipo fuera, que falló el penal o que simplemente se equivocó porque aquel día no se concentró lo suficiente a sabiendas que algo pasaba en su casa con su padres enfermo o alguna deuda lo perseguía, dejó la cafetera encendida o que simplemente se sintió abrumado por un escenario imponente. Hay tanto por lo cual nos asustamos los seres humanos, que los errores están a la vuelta de la esquina.

Despojado de todo cuanto lo hace humano, el futbolista es convertido en una máquina de resultados, que transita al vaivén de los caprichos de una afición, que desconociendo el principio elemental de humanidad a cuenta de el pago por un boleto de 160 euros, de 200 Bs. o de 75 pesos, exige, mete, grita,  y celebra cuando es recompensada, pero no perdona el error por "uno para eso paga entrada". Ahi cuando viene el falló, las gestas pasadas se desvanecen en la miseria verbal y la inexcusable ceguera de quienes solo ven el presente, no miden lo que puede ser el futuro y se olvidan de lo que fue el pasado. Claro, no se trata de condonar el error, porque en algunos casos, y ese no es el del fútbol, éste puede llevar a la muerte de digamos 15 pasajeros en un crucero por el mediterráneo. Ese si es un fallo inexcusable, no importa cuantas veces aquel capitán haya fondeado el peligroso peñasco o a cuantas carajitas o carajitos haya llevado al puente para mostrar su faena. No hay retroactividad en este caso. 


Regresemos al fútbol, donde afortunadamente la cosa no es tan trágica, al menos no en esta oportunidad.

Así es la memoria colectiva, frágil e implacable, pero el mismo tiempo miserable, ruin, cargada de ignorancia y condimentada con el egoísmo de quienes en esta pasión balompédica medimos la vida cada noventa minutos, por batallas que se ganan o se pierden, pero que cuando son adversas hacen palidecer los más vivos colores de una gesta gloriosa del pasado. Nunca nadie gana la guerra final y la caída en una batalla puede ser definitiva, tajante, en espera de la siguiente para procurar la reivindicación y el reencuentro con el verbo decente, coherente, inteligente.

Hoy Renny Vega está en el banquillo de los acusados, de héroe a villano en 90 minutos (incluso menos). De gran golero del Caracas FC, de arquero salvador en la Copa América, incluido aquel acto de amor propio e irreverencia que lo impulso a mandarse al área contraria para asistir con su inmensa cabeza en el gol del empate a 3 ante Paraguay, pasa a villano de su club, de su país y a convertirse en la duda de muchos en el camino al mundial junto a la selección absoluta.

Los twits revientan, las criticas salen a relucir y aquellos que en el pasado lo alzaban en hombros para vitorear su nombre, hoy, ya borrada la gesta gloriosa, ya hecho el olvido, lo dejan ahí, en el suelo, tras haberlo elevado al mismísimo cielo. Hoy está a nivel de la tierra, de regreso junto a los demás seres mortales que cometemos errores sin ton ni son. Quizá he ahí el meollo del asunto y nunca debimos dejar que Renny o ninguno otro subiese al Olimpo, porque a fin de cuentas, como lo dijo el mismo con un rostro que denotaba frustración y buscaba perdón, “uno se equivoca y hay que reconocerlo, pero hay que seguir adelante”.



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